sábado, julio 04, 2009

Desquiciadamente obsesivo

Kant guarda un sepulcral silecio sobre sí mismo y nunca se remite a sus vivencias personales en su prolija correspondencia o en los papeles donde anotaba sus reflexiones. De hecho, lo más emocionante que nos transmiten en este sentido sus legajos inéditos es el recordatorio de un septuagenario desmemoriado que apunta: 'tengo que olvidarme de Lampe'; se refiere al fiel mayordomo que acaba de ser despedido por un presunto robo tras casi cuatro décadas, durante las cuales atendió fielmente los pequeños detalles domésticos y soportó las múltiples manías propias de un solitario cuyas extravagancias no se ven atemperadas por la convivencia. Cada minuto del día estaba previa y puntalmente pautado.
Ciertamente hubo un punto de inflexión en la trayectoria intelectual seguida por Kant y, sin saberlo, los propios ciudadanos de Königsberg fueron testigos del mismo. Un buen día sus convecinos no pudieron poner en hora sus relojes, como solían hacer cuando veían a Kant pasear puntalmente bajo los tilos por lo que luego sería denominado 'el paseo del filósofo'.
Solo una vez faltó a esa ineludible cita consigo mismo para cumplir con su ritual y cronométrico paseo diario. La causa de quebrar tan sacrosanta rutina, que Kant se imponía por mor de su frágil salud, fue que se hallaba enfrascado en la lecura de Rousseau y quedó fascinado por su magistral estilo literario. 'Debo continuar releyendo a Rousseau hasta que la belleza de su expresión no me distraiga y pueda estudiarlo ante todo con la razón'.
En "Kant", de Roberto Aramayo